En demasiadas organizaciones se da un caldo de cultivo favorable para aquellos que invierten su jornada laboral en tareas inútiles sin valor. En apariencia están atareados en algo importante pero son todo lo contrario a la eficacia. Y su hiperactividad resulta estúpida.
Parecen muy ocupados, pero esa aparente actividad frenética es sólo un cúmulo de tareas prescindibles sin demasiado valor para la organización a la que pueden arruinar. Son adictos a los mensajes de su smartphone y al propio teléfono; se convierten en esclavos de su correo electrónico o de las redes sociales, y sólo pueden pensar en lo inmediato, obsesionados por la multitarea, que es todo lo contrario a la productividad.
Determinados entornos laborales favorecen incluso que jefes y empleados sean improductivos. Son aquellos que permiten refugiarse en tareas rutinarias y fáciles que no aportan apenas nada. Muchos se empeñan en quedarse hasta el final de la jornada –y más allá– porque en sus compañías este presentismo ineficaz se relaciona equivocadamente con la profesionalidad. Y, lo que es peor, se recompensa.
Fuente y más info: Expansión
