Son un verdadero atajo hasta el éxito: aportan ‘know-how’, experiencia y financiación a emprendedores tecnológicos con proyección.
Crear una empresa exitosa no es nada fácil. Mucho menos en el prometedor mundo de las tecnologías de la comunicación, un campo en constante desarrollo abonado por sonoros fracasos. Ya puede uno tener una idea revolucionaria, que si no logra hablar el lenguaje de los inversores es difícil que consiga la financiación necesaria para dar un salto cualitativo. Puede pasar también que el modelo de negocio planteado en un principio no sea el mejor, o que no se consiga de ninguna de las maneras cerrar una cita para negociar una ronda de financiación.
Tratar de comprimir al máximo el lapso de tiempo en que se tarda en conseguir un inversor, previo pulido técnico y comercial del proyecto, es el propósito fundamental de las llamadas aceleradoras de start-ups, un concepto importado de Estados Unidos.
Sus antecesoras, las incubadoras de empresas, se limitaban a fomentar programas de creación de negocios, aportando un espacio físico en el que empezar y prestando apoyo técnico y jurídico. Las aceleradoras, surgidas ya en este siglo, han dado un paso más: además de comprimir sus programas en unos pocos meses, se centran en dar a sus pupilos una formación intensiva, poniéndoles en contacto con mentores (emprendedores exitosos) que han pasado por obstáculos similares a los que un neófito pueda encontrarse. Realizan, además, una inversión semilla y facilitan los contactos para una primera ronda de financiación adicional. Vienen a ser, en definitiva, una especie de campamentos a los que llegan emprendedores con buenas ideas y ganas de trabajar y salen empresas hechas y derechas. El símil no es baladí, ya que muchas aceleradoras organizan campus para empezar a otear posibles candidatos para sus programas.
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